viernes, 4 de agosto de 2017

EXAMINADOS POR EL JUEZ


Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. Sal, 139: 23,24.
David comprendía maravillosamente a su Padre celestial y lo manifestaba casi automáticamente en esta salmo. Abre sin temor ni reservas mi vida interior para qué tú oh Rey del universo me examines cuidadosamente. 

¿Diríamos nosotros estas palabras de David? Los que deseamos esconder los secretos de nuestro corazón nos asombramos de su candor, de su vulnerabilidad ante Dios. Hoy en el pueblo de Dios hay dos caras, los más octópodos y los más liberales. David nos da ejemplo, su secreto se encuentra en la última frase. 

 El sabe que si el Padre encontrara algún camino ofensivo dentro de él, el resultado sería una instrucción y no un castigo. El tenía un conocimiento del Padre y el sabía que Dios quería guiarlo por el camino eterno. ¿Nosotros conocemos al Padre? Si fuera así, la voluntad del Padre haríamos, y nuestro camino sería eterno. 
 Nos encontramos detrás de la hoja de higuera nos cubrimos con ellas para que Dios no vea nuestra desnudez. Vivimos en una hora solemne, y no nos damos cuenta que el tiempo esta llegando a su fin. Dios nos esta buscando, para darnos un corazón renovado por el Espíritu, que es el vestido de la santidad. 

Hay muchas personas temen los juicios de Dios por que dentro de su doble personalidad tienen un pie en el mundo y otro en la iglesia. Y saben que puede ser condenados, pero no se darán cuenta hasta el último momento; cuando la gracia haya desaparecido. 

Ven a Dios como el que puede evaluar su trayectoria y condenarlo por su fracaso. Y lo único que hacemos es esconderlo en lo más profundo del corazón y olvidarnos de ese problema. Davi lo vio como a un Padre, y los padre se relacionan con el mal de sus hijos dándoles instrucción hasta que superen esa inmadurez. 

Nuestra mayor necesidad es admitir nuestra necesidad. Pero admitirlo no es tan fácil. Nos aferramos a cualquier resto de adecuación que podamos encontrar para apoyar nuestra estima propia; ¿por qué deberíamos mostrar todas nuestras deficiencias? 
Sin embargo, nunca conoceremos la fuerza de Dios hasta que admitamos nuestra debilidad. Por ello Dios tiene razón de facilitarnos la admisión de nuestra debilidad, para que su fortaleza sea perfectamente desplegada en nosotros. 

David conocía a Dios, no como el administrador de un abstracto código legal, no como un legislador ofendido. El lo conocía así como nosotros podemos conocerle, como un Padre amante y un sabio Instructor en los caminos eternos -en los caminos que duran para siempre.
[Os pido que oréis por mi. 
Tegon una alergia que me ataca todo el cuerpo y los ojos, y no tengo ganas de hacer nada. Os ruego humildemente que oréis por mi, para que siga haciendo esta obra. Que Dios os bendiga].
Maranata:
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