jueves, 23 de febrero de 2017

LA CIUDAD DE DIOS



Y me llevó el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró las gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios. Apoc. 21:10.
La ciudad de Jerusalén, a partir del año 70 d.C. Fue el despojo de los pueblos árabes. Conquistada por los otomanos y mas tarde paso a los árabes. Construyeron la cúpula dorada, y así daban un paso más para despojar a Israel de su lugar, el odio aun se puede apreciar entre los descendientes de Jacob y Esau. 

Todas las ciudades están bajo el control de Israel, como resultado de la conquista. Pocos saben de la profecía que existe, antes de que Cristo venga en las nubes. Israel debía de existir como nación. Cierto es que las naciones están descontentas con la situación y han apelado a las Naciones Unidas. 

Ellos ignoran a Dios, y sus profecías. “Jerusalén sera una ciudad que sólo le pertenece al vencedor” Sólo las cosas espirituales tienen valor permanente. 

Los que hacen de las cosas espirituales lo primero en la vida tienen la promesa de Dios que ha preparado una ciudad para ellos, la nueva Jerusalén. Esta es la ciudad que sera granada, no por la fuerza de las armas, sino por la fe. 
Aquellos que hacen la voluntad de Dios algún día no muy lejano viajarán a la Nueva Jerusalén de Dios. La unión de las naciones no pueden asegurar un lugar en aquella ciudad. 

Sólo Dios puede dar una seguridad tal. Nos asegura que es una ciudad abierta, abierta, no hay puertas, a todo el que acepta el sacrificio expiatorio de Cristo, y se rinde a él. 

Ninguno de nosotros ha visto jamás la nueva Jerusalén, pero sabemos que existe. Juan da testimonio de ella. Por el Espíritu de Dios y fue llevado “a un monte y alto”, y allí vio la ciudad. De la misma manera como un lienzo descendió del cielo y reveló a 

Pedro que era el plan de Dios que los gentiles habrían de recibir el Evangelio, así la nueva Jerusalén descendía del cielo para que el mundo pudiera entender que no era una ciudad para una nación sino para todas las naciones, gentes de todos los pueblos. 

Según la descripción de la ciudad celestial, nos maravillara de su belleza. Cosa que ojo non vio, ni oreja oyó. 

Ni han subido en corazón de hombre, Son las que ha Dios preparado para aquellos que le aman. 

Dejemos pues, que su Espíritu nos guíe día por día, de esta manera algún día entraremos en la ciudad abierta. 

Pablo escribió que los fieles “anhelaban una ciudad mejor, esto es la celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” (Heb. 11:16).
Maranata.
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