miércoles, 23 de diciembre de 2015

FUEGO SAGRADO


Después oí la voz del Señor que decía: ¿A quien enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Isa. 6:8.
Isaías tenia un gran deseo de que su pueblo Israel pudiese ser salvo. Su respuesta fue inmediata. 
Tanto Pablo como Isaias tenía un gran deseo: que Israel pudiese ser salvo. (cf. Rom. 10:1).
Sabía que el castigo pronto caería sobre el pueblo culpable,y anhelaba que los israelitas abandonara su pecado. Cierto es, que una gran obra de reforma se tenia que hacer en el pueblo de Dios.

El pueblo de Dios se había vuelto indiferente. Isaías vio el trono de Dios. Sintió que estaba perdido. Se le acerco un ángel y toco sus labios con fuego sagrado y oyó a Dios pedir voluntarios. Isaías contesto el llamado.

Lo mismo esta ocurriendo hoy en el pueblo de Israel. Los ídolos son mas plastificados que apenas notamos la diferencia de los de antes.
Pero la realidad que la mundanalidad se ve mas en la parte femenina, pero los hombre lo ocultan más. Pero la hipocresía y la idolatría es la misma que la de antaño. Cierto autor se expreso así:
¡Quiera Dios que su fuego sagrado se avivara ahora mismo
en mi seno, consumiendo la escoria, el pecado, y los montes
del mal derritiéndose!

Tú que en Pentecostés ya caíste, ¡oh! Consume mis bajas pasiones, ven, Espíritu Santo, que humilde yo te llamo,
sí, ven, no demores.

Purifica mi ser, fuego santo, me ilumine benigna tu gracia;
que tu vida me anime, y tu mano santifique de todo mi alma.

Firme está, libre ya de caídas mi alma otorga en gran
tribulación; es ya Cristo el Señor de mi vida y su amor me
inundo el corazón.
En esta mañana, al comenzar el día pidamos a nuestro Padre Celestial que unja nuestros labios con un carbón de su sagrado altar a fin de que nuestro testimonio ante el mundo ilumine el camino para otros.

¡Cuán privilegiados somos al ser invitados a servirle! ¡Dejemos que el fuego celestial arda vivamente en nuestro corazón. “No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay fuerte; no conozco ninguno” (Isa.44:8).
Maranata
Luis José de Madariaga.
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