martes, 15 de diciembre de 2015

CIUDADES DERRIBADAS


Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda. Prov. 25:28.
¡Ciudades derribadas! Las causas son muchas. Desastres naturales pueden destruir ciudades. Las guerras a través de los bombardeos que pueden devastar ciudades. 

Los famosos tsunamis como el último en Japón destruyo una ciudad entera. La ciudades mueren cuando mueren la civilización. Los arqueólogos excavan en las ruinas de antiguas civilizaciones. 

Esperan hallar evidencias de la cultura de pueblos que vivieron hace muchos siglos, y llegar a conclusiones en cuanto a que causó la muerte de esa civilización, como Epopeya.  En muchos lugares de Mexico y America Central pueden hallarse ruinas de las grandes ciudades mayas. 

Pero en el desierto de Africa o Oriente tan bien hay ciudades sepultadas que el hombre no a descubierto. 

Ciudades como Baalbek, Babilonia, Nínive, Tiro Gerar, etc. Su gloria y su grandeza se ha ido, solo queda un recuerdo a través de la historia. 

Nuestro texto nos dice: “el hombre cuyo espíritu no tiene rienda” es como una de las ciudades mencionadas. ¡Que tragedia! ¡No domina su propio espíritu! Flojo, variable, inestable, fácilmente influido por otros. 

Una conducta tal sólo puede traer el desastre, el desastre moral y el desastre espiritual. Pero nadie necesita ser sin sin columna vertebral, sin espíritu. Hay un espíritu que puede darnos toda la fuerza, todo el carácter, todo el dominio que necesitamos ahora y siempre. 

El Espíritu que Jesús prometio enviar (Juan 14:16,17). siempre esta cerca de nosotros. Cuando las fuerzas del mal nos asedia y con mucha frecuencia, el Espíritu de Dios hace todo lo imposible para estar con nosotros y ayudarnos tanto en la reflexión como el pedir perdón y a vencer nuestro defectos de carácter. Amen.

Nadie necesita ser como una ciudad derribada. A nosotros nos toca elegir. Recordemos: Dios hizo un jardín, Caín hizo una ciudad, de hombres que se volvieron contra Dios, construyendo la torre de Babel. 

El no dominar nuestro propio espíritu hace ciudadanos de Babel, de la confusión. Deja que el Espíritu de Dios dirija nuestra vida para hacernos ciudadanos del reino de Dios. 
Ningún enemigo puede destruirnos allí. 
 
Ningún desastre natural podrá separarnos del amor de Cristo. No habrá ira de Dios que nos alcance pues su ira abrá terminado.
¡Que glorioso futuro espera a aquellos que aprendan a dominar su espíritu! ¡Un futuri que será disfrutado en compañía de Cristo! ¡Que recompensa por vencer al yo, mediante el Espíritu Santo! Amen
Maranata
Luis José de Madariaga.
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