lunes, 5 de junio de 2017

CAMINANDO CON EL ESPÍRITU



Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios; en Él confiare. Sal. 91:2
 Continuación segunda parte. Las horas pasaban lenta mente, como si quisiera decirme:¿No tengas prisa? Llego un momento en que mi furia se apodero de mi. Grite 

¡Señor perdóname! ¡Señor perdóname! ¡Señor perdóname! Hubo un silencio como anunciando la muerte prematura de un niño. El viento se paro, la angustia y el dolor junto con mis lagrimas bañaron aquel árbol cual comido por los gusanos. 

De pronto el aire empezó a soplar y una frase salio de mis labios, ¡Señor si tú quieres dame la paz de tu perdón! Solo te pido una señal. El primer coche que pasare, que no me pare, más el segundo que pasare debe de pararme. 

Después de esta en silencio, secándome las lagrimas que caía sobre mis ojos. Mire el 
 reloj, era las las cuatro de la tarde. 
Me encamine hacia la carretera, salte el muro de protección para que los toros no se saliesen a la carretera. Con paso firme y con una seguridad tal en mi Dios. 

Cruce la carretera con dirección a Merida, y empece a caminar con la mano izquierda extendida para hacer auto es top. Oir el ruido de un coche y este paso con tanta velocidad, que tuve que apartarme del arcén. 

Pasaron minutos de intriga y de esperanza, savia que Jesús me contestaría, y a los diez minutos hoy el ruido de un coche, y de repente se paro ante mi. 

¿Adonde va usted? Me pregunto amablemente el conductor. Y le conteste ¿A Merida señor, puede usted llevarme? ¡Suva! ¡No me lo podía creer, Dios me había contestado! Pero la sorpresa iba avenir a continuación. Conductor: ¿Sabe usted que es la primera vez que cojo aúna persona haciendo auto es top. 

“En esos momentos mi cuerpo se estremeció con tanta violencia en mi interior, se me trababa la lengua y no podía decir nada. 
Dios me daba la seguridad de que él era el que me había contestado, el que había perdonado mis pecados, el que me daba la seguridad de que nunca me abandonaría. 

Mi Dios, mi Padre, nunca me dejaría. Oí una voz decir, en ese estado de choque emocional. ¿Que llevas en cima de tus piernas? Sólo le dije que era una Biblia. Algo me impedía mirarle a la cara, sólo se que estaba vestido de negro. El tiempo paso tan deprisa, que el conductor me dijo:
Maranata.
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