viernes, 25 de diciembre de 2009

LEJOS DE JESÚS NO HAY VIDA



Y siempre, de día y de noche, andaba gritando en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. S. Marcos 5:5.

El endemoniado gadareno es un símbolo del hombre que vive lejos de Jesús. Lejos de Jesús sólo puede existir la esclavitud, y el endemoniado era un pobre esclavo atado a cadenas y grillos. Lejos de Jesús no existe vida, y el endemoniado habitaba en los sepulcros, que son la morada de los cadáveres. Una persona que no vive una vida de comunión con Jesús, no vive. Su existencia es una caricatura de vida, es un túnel sin salida, un pozo sin fondo; es el caos, la confusión y el infierno.

Sólo Cristo es capaz de dar sentido a la vida, y el hombre que vive lejos de él anda por "los montes y en los sepulcros". Las montañas son el símbolo de la soledad. El pobre hombre sin Jesús es un hombre solitario. Vive en medio de las multitudes, rodeado de mucha gente, pero se siente solitario; no es capaz de relacionarse, está siempre hiriendo y sintiéndose herido por los que viven con él. El grito de la montaña es el grito de la desesperación que se pierde en el vacío. El evangelio presenta al hombre sin Cristo como gritando en la montaña en busca de socorro, un socorro que parece no surgir por ningún lado. Entonces, en su confusión, comienza a herirse con piedras. Le duele, sangra, pero continúa hiriéndose.

¿Viste alguna vez a alguien andando por caminos errados que conducen a la muerte? ¡Se lastima, siente dolor, sangra, pero continúa andando por los mismos caminos! ¿Qué pensar del hombre que usa drogas, que sabe que su fin será triste, pero continúa en esa vida? ¿Qué decir del padre que anda por caminos peligrosos ? Sabe que traerá dolor a su familia, vergüenza a su iglesia, sufrimiento a sí mismo, pero parece anestesiado y continúa en la senda del pecado.

Un día el pobre gadareno encontró a Jesús en su camino, cayó de rodillas delante del Señor y, cuando estaba por clamar por ayuda, de sus labios salieron improperios e insultos: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! Vete" (ver S. Marcos 5:7). Pero Jesús supo entender que detrás de esas expresiones duras estaba el clamor de un corazón desesperado. Gracias a Dios que él siempre entiende lo que no sabemos expresar, gracias a Dios que él sabe interpretar nuestras lágrimas.

Jesús extendió la mano y liberó al endemoniado. Hizo de él un hombre nuevo; le devolvió la dignidad y el respeto propio. Y ese Jesús es el que está hoy cerca de ti con la mano extendida, pronto para socorrerte. ¿Por qué no salir esta mañana hacia las tareas diarias con la seguridad de que la poderosa mano de Jesús sostiene la nuestra tan frágil?

Pr. Alejanro Bullón

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