
El apóstol amonesta a los hijos a obedecer a sus padres en el Señor, a ayudarlos y a estarles sujetos. Pero esta generación no lo admite, ya que dicen coacciona nuestra libertad.
Los que verdaderamente aman a Dios no lucharán por seguir sus propios camino trayendo así infelicidad a sí mismos y a otros.
Lucharán para representar a Cristo en carácter. ¡Cuán precioso es el pensamiento de que los jóvenes que luchan contra el pecado, que creen, que espera y velan por la aparición de Cristo, que se sujetan a la autoridad de los padres, y que aman al Señor Jesús, estarán entre aquellos que aman su venida y que lo encontrarán en paz!

Han formado hermosos caracteres, han cuidado su habla, no han hablado falsamente, han cuidado sus actos para no cometer nada malo, y son coronados de vida eterna (Manuscrito 67, 1909).
Es privilegio de los padres llevar consigo a sus hijos a las puertas de la ciudad de Dios (La ciudad de mi Dios), diciendo: He tratado de enseñar a mis hijos a amar a Dios. Hacer su voluntad y glorificarlo. Para los tales se abrirán las puestas, y padres e hijos entrarán en la jerusalén celestial.

Allí Cristo y el divino Maestro, llevará a su pueblo al árbol de la vida y les explicará las verdades que en esta vida no podían entender.
En esa vida futura su pueblo alcanzará la más alta educación en su plenitud. Los que entren en la ciudad de Dios tendrán coronas de oro en sus cabezas. . . Echaremos nuestras coronas a los pies de Jesús y vez tras vez le daremos gloria y alabaremos su nombre santo.
Maranata
Luis
José de Madariaga.
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segunda venida apocalíptica.
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