viernes, 7 de enero de 2011

DIOS LO ENVIO.

Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. (Exo. 3: 10).

La época de la liberación de Israel había llegado. Pero el propósito de Dios había de cumplirse de tal manera que mostrara la insignificancia del orgullo humano. El libertador había de ir adelante como humilde pastor con sólo un cayado en la mano; pero Dios haría de ese cayado el símbolo de su poder. . .

El mandato divino halló a Moisés sin confianza en sí mismo, tardo para hablar y tímido. Estaba abrumado con el sentimiento de su incapacidad para ser el portavoz de Dios ante Israel. Pero una vez aceptada la tarea, la emprendió de todo corazón, poniendo toda su confianza en el Señor. . .

Dios bendijo su pronta obediencia, y llegó a ser elocuente, confiado, sereno y apto para la mayor obra jamás dada a hombre alguno. Este es un ejemplo de lo que hace Dios para fortalecer el carácter de los que confían plenamente en él, y sin reserva alguna cumplen sus mandatos.

El hombre obtiene poder y eficiencia cuando acepta las responsabilidades que Dios deposita en él, y procura con toda su alma la manera de capacitarse para cumplirlas bien.

Por humilde que sea su posición o por limitada que sea su habilidad, el tal logrará verdadera grandeza si, confiando en la fortaleza divina, procura realizar su obra con fidelidad. . .

Mientras se alejaba de Madián, Moisés tuvo una terrible y sorprendente manifestación del desagrado del Señor. Se le apareció un ángel en forma amenazadora, como si fuera a destruirle inmediatamente. No le dio ninguna explicación; pero Moisés recordó que. . . había dejado de cumplir el rito de la circuncisión en su hijo menor. . . En su misión ante Faraón, Moisés iba a exponerse a un gran peligro; su vida podría conservarse solo mediante la protección de los santos ángeles. Pero no estaría seguro mientras tuviera un deber conocido sin cumplir, pues los ángeles de Dios no podrían escudarle.


En el tiempo de la angustia que vendrá inmediatamente antes de la venida de Cristo, los justos serán resguardados por el ministerio de los santos ángeles; pero no habrá seguridad para el transgresor de la ley de Dios. Los ángeles no podrán entonces proteger a los que estén menospreciando uno de los preceptos divinos (Patriarcas y Profetas, págs. 256, 260, 261).

E. G. W.

jueves, 6 de enero de 2011

"¿QUIEN ES JEHOVÁ?"

No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare eso también segará. (Gál. 6: 7).

Faraón sembró obstinación, y cosechó obstinación. El mismo puso esa semilla en el suelo. De parte de Dios no había más necesidad de interferir con algún nuevo poder en su crecimiento de la necesidad que hay de que interfiera en el crecimiento de un grano de maíz.
Todo lo que se requiere es dejar que la semilla germine y crezca dando fruto según su especie. La cosecha revela la clase de semilla que se ha sembrado (SDA Bible Commentary, tomo 1, pág. 1100).

Faraón vio al Espíritu de Dios obrando poderosamente; vio los milagros realizados por el Señor mediante su siervo; pero rehusó obedecer la orden de Dios. El rey rebelde había preguntado orgullosamente: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? . . ." [Exo. 5: 2]. Y a medida que los juicios de Dios caían con más poder sobre él, más persistía en su necia resistencia.

Al rechazar la luz del cielo, su corazón se endureció y se hizo insensible. La providencia de Dios estaba revelando su poder, y estas manifestaciones, al no ser aceptadas, eran el medio de endurecer el corazón de Faraón hacia una luz mayor.
Los que exaltan sus propias ideas por sobre la voluntad claramente especificada de Dios, están diciendo como lo hizo Faraón: "¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?".

Cada rechazo de la luz endurece el corazón y oscurece el entendimiento y de esta manera los hombres encuentran más y más difícil distinguir entre lo correcto y lo incorrecto y se vuelven más audaces en resistir la voluntad de Dios (Ibid.).

El que cedió una vez a la tentación cederá con más facilidad la segunda vez. Toda repetición del pecado aminora la fuerza para resistir, ciega los ojos y ahoga la convicción. Toda simiente de complacencia propia que se siembre dará fruto.

Dios no obra milagros para impedir la cosecha. . . El que manifiesta una temeridad incrédula e indiferencia hacia la verdad divina, no cosecha sino lo que sembró. Es así como las multitudes escuchan con obstinada indiferencia las verdades que una vez conmovieron sus almas. Sembraron descuido y resistencia a la verdad, y eso es lo que recogen (Patriarcas y Profetas, pág. 274).

E. G. W.

miércoles, 5 de enero de 2011

EDURECIMIENTO DEL CORAZÓN.

Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y este no dejó ir a los hijos de Israel. (Exo. 10: 20).

¿Cómo endurece el Señor los corazones de los hombres? De la misma manera en que fue endurecido el corazón de Faraón. Dios envió a este rey un mensaje de advertencia y misericordia, pero él se negó a reconocer al Dios del cielo y no quiso obedecer sus mandamientos. Preguntó: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz?"

El Señor le dio evidencia de su poder realizando señales y milagros delante de él. El gran YO SOY familiarizó a Faraón con sus obras maravillosas, mostrándole que era el gobernante de cielo y tierra, pero el rey eligió desafiar al Dios del cielo. No consintió en humillar su empecinado corazón ni aun delante del Rey de reyes, para poder recibir la luz; estaba determinado a seguir su propio camino, llevando hasta lo último su rebelión.

Eligió hacer su propia voluntad, y puso a un lado el mandato de Dios, y la misma evidencia de que Jehová estaba sobre todos los dioses de las naciones, sobre todos los sabios y magos, sólo sirvió para cegar su mente y endurecer su corazón.

Si Faraón hubiera aceptado la evidencia del poder de Dios dada en la primera plaga, se hubiera ahorrado todos los juicios que siguieron. Pero su marcada tozudez pedía aún mayores demostraciones del poder de Dios, y las plagas cayeron una tras otra hasta que finalmente fue llamado a mirar el rostro sin vida de su propio primogénito y de los de su raza, mientras que los hijos de Israel, a quienes él tenía como esclavos, no sufrieron daño de las plagas, ni fueron tocados por el ángel destructor. Dios mostró sobre quiénes descansaba su favor, quiénes constituían su pueblo (Carta 31, 1891).

Cada evidencia adicional del poder de Dios que el monarca egipcio resistía, lo conducía a desafiar a Dios con más fuerza y persistencia. . . Este caso es una ilustración clara del pecado contra el Espíritu Santo. "Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará". Gradualmente el Señor retiró su Espíritu. Al quitar su poder refrenador, el rey quedó a merced del peor de los tiranos: el yo (SDA Bible Commentary, tomo 1, pág. 1100).

E. G. W.

martes, 4 de enero de 2011

Sacó a su pueblo con gozo; con júbilo a sus escogidos. (Sal. 105: 43).

Con los lomos ceñidos, las sandalias calzadas, y el bordón en la mano, el pueblo de Israel permanecía en silencio reverente, y sin embargo expectante, aguardando que el mandato real les ordenara ponerse en marcha.

Antes de llegar la mañana, ya estaban en camino. . . Aquel día completó la historia revelada a Abrahán en visión profética siglos antes: "Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con grande riqueza" (Patriarcas y Profetas, págs. 286, 287).


Al sacar a Israel de Egipto, Dios manifestó nuevamente su poder y misericordia. Las obras maravillosas realizadas al librarlos del cautiverio y la forma en que los trató en su viaje por el desierto, no fueron únicamente para el beneficio de Israel. Habían de ser una lección objetiva para las naciones circunvecinas.

El Señor se reveló a sí mismo como un Dios que estaba por encima de toda autoridad y grandeza humanas. Las señales y maravillas que realizó en favor de su pueblo mostraban su poder sobre la naturaleza y sobre los más encumbrados adoradores de ella.

Dios pasó por la orgullosa tierra de Egipto así como pasará por la tierra en los últimos días. Con fuego y tempestad, terremoto y muerte, el gran YO SOY redimió a su pueblo. Lo sacó de la tierra de esclavitud. Lo guió a través de "un desierto grande y espantoso, de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed" (Deut. 8: 15).

Les sacó agua de "la roca del pedernal" y los alimentó con "trigo de los cielos" (Sal. 78: 24). "Porque -como le dijo a Moisés- la parte de Jehová es su pueblo; Jacob la cuerda de su heredad. Hallólo en tierra de desierto, y en desierto horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, guardólo como la niña de su ojo.

Como el águila despierta su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas: Jehová solo le guió, que no hubo con él dios ajeno" (Deut. 32: 9-12). Así los sacó para él, para que pudieran morar bajo la sombra del Altísimo (Palabras de Vida del Gran Maestro, págs. 269, 270).

E. G. W.

lunes, 3 de enero de 2011

LA GLORIA MÁS ALLÁ DE LAS TINIEBLAS.

Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución. (2 Tim. 3: 12).

En la experiencia que adquirió el apóstol Juan bajo la persecución, hay una lección de maravilloso poder y ánimo para el cristiano. Dios no impide las conspiraciones de los hombres perversos, sino que hace que sus ardides obren para bien a los que en la prueba y el conflicto mantienen su fe y lealtad. . .

Es obra de la fe confiar en Dios en la hora más oscura y sentir, a pesar de ser duramente probados y azotados por la tempestad, que nuestro Padre empuña el timón. Sólo el ojo de la fe puede ver más allá de las cosas presentes para estimar correctamente el valor de las riquezas eternas.

Jesús no presentó a sus seguidores la esperanza de alcanzar gloria y riquezas terrenas ni de vivir una vida libre de pruebas. Al contrario, los llamó a seguirle en el camino de la abnegación y el vituperio. El que vino para redimir al mundo fue resistido por las fuerzas unidas del mal. . .

Así será con todos los que deseen vivir píamente en Cristo Jesús. Persecuciones y vituperios esperan a todos los que estén dominados por el espíritu de Cristo. . .

En todas las épocas Satanás persiguió al pueblo de Dios. Torturó a sus hijos y los entregó a muerte, pero en su muerte llegaron a ser vencedores. Testificaron del poder de Uno que es más fuerte que Satanás. Hombres perversos pueden torturar y matar el cuerpo, pero no pueden destruir la vida que está escondida con Cristo en Dios.

Pueden encerrar a hombres y mujeres dentro de las paredes de una cárcel, pero no pueden amarrar el espíritu.

En medio de la prueba y la persecución, la gloria el -carácter- de Dios se revela en sus escogidos. . . Siguen a Cristo en medio de penosos conflictos; soportan la abnegación y experimentan amargos chascos; pero así aprenden lo que es la culpa y miseria del pecado, y llegan a mirarlo con aborrecimiento.

Al ser participantes de los sufrimientos de Cristo, pueden ver la gloria más allá de las tinieblas, y dirán: "Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada" (Rom. 8: 18) (Los Hechos de los Apóstoles, págs. 459-461 ).

E. G. W.

domingo, 2 de enero de 2011

SOSTEN LA VERDAD COMO ES EM JESÚS.

"Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre. Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes" (Apoc. 10:10,11).

Mediante la historia y la profecía, la Palabra de Dios describe el prolongado conflicto entre la verdad y el error. Ese conflicto sigue en desarrollo. Las cosas que han acontecido volverán a repetirse.

Revivirán antiguas controversias, y continuamente surgirán teorías nuevas. Pero el pueblo de Dios, el cual mediante sus creencias y su cumplimiento de la profecía ha desempeñado una parte en la proclamación de los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles, sabe dónde se encuentra.

Tiene una experiencia que es más preciosa que el oro refinado. Debe permanecer firme como una roca, aferrándose al comienzo de su confianza hasta el fin.
Un poder transformador acompañó a la proclamación de los mensajes del primer ángel y del segundo, e igualmente acompaña el mensaje del tercer ángel... El poder del Espíritu Santo se manifestó. Hubo estudio diligente y detallado de las Sagradas Escrituras.

Se dedicaron noches casi íntegras a una investigación fervorosa de la Palabra. Buscamos la verdad como si hubiéramos buscado tesoros escondidos. El Señor se reveló a nosotros. Se derramó luz sobre las profecías, y supimos que habíamos recibido instrucción divina...
Después del gran chasco, hubo pocas personas que se dedicaron de todo corazón a la investigación de la Palabra.

Pero algunos no se desanimaron ni negaron que el Señor los había guiado. A éstos la verdad les fue revelada punto por punto, y se entrelazó con sus recuerdos y sentimientos más apreciados... Se hizo brillar la verdad hermosa en su sencillez, honrada con poder e investida con una seguridad desconocida antes del Chasco.

Entonces pudimos proclamar el mensaje en unidad. Pero hubo gran confusión entre los que no se habían aferrado a su fe y a su experiencia. Se presentaron todas las opiniones concebibles como mensajes de verdad; pero la voz del Señor dijo: "No les creáis; porque no los he enviado".
Anduvimos cuidadosamente con Dios. Había que dar el mensaje al mundo, y sabíamos que esta verdad presente era un don especial de Dios... Algunos de estos chasqueados, que todavía buscaban la verdad, fueron conducidos paso a paso para que comunicasen al mundo lo que les había sido revelado...

Al comienzo la obra avanzó con dificultad. Con frecuencia los que escuchaban rechazaban el mensaje como algo ininteligible, y así comenzó el conflicto y se definió especialmente en torno a la cuestión del sábado. Pero el Señor manifestó su presencia. En ciertas ocasiones se descorría el velo que ocultaba su gloria de nuestros ojos. Entonces podíamos contemplarlo en el lugar elevado y santo. (Manuscrito 32, 1896).

E. G. W.

viernes, 31 de diciembre de 2010

NO TE DEJES INTIMIDAD.


"Y les dirá: "Oye, Israel, vosotros os juntáis hoy en batalla contra vuestros enemigos; no desmaye vuestro corazón, no temáis, ni os azoréis, ni tampoco os desalentéis delante de ellos; porque Jehová vuestro Dios va con vosotros, para pelear" Deuteronomio 20:3,4 (foto de los hombres de la guerra).

Toda guerra abierta va precedida de una fase psicológica en la que los contendientes tratan de intimidarse mutuamente. Todo general sabe que es preferible ganar la guerra sin pelear a sacrificar muchos de sus soldados. Es tal el costo de muchas victorias que apenas quedan ánimos para disfrutar de las mismas. En la batalla que los israelitas estaban por pelear, parecía que el enemigo ya contaba con la baza de la victoria psicológica. Hizo falta un discurso formidable para recordarles que no todo estaba perdido, que Dios estaba de su lado y que, por lo tanto, no tenían por qué temer al enemigo.

En la historia de Gedeón encontramos que él estaba desanimado para emprender tan gran empresa. Vez tras vez supeditó su decisión a prueba para estar absolutamente seguro de que tendría la victoria. Si el propio Gedeón, que había escuchado la voz de Dios y había visto las pruebas de fe contestadas positivamente, tenía dudas, entonces no debemos juzgar demasiado severamente a sus soldados más dubitativos.

Dios conocía los corazones de los pusilánimes, que ya habían perdido la guerra psicológica y podían desanimar a los fieles. Por lo tanto, entró en el proceso de la depuración del ejército. No quería de ninguna manera que Gedeón o sus soldados llegasen a pensar que la victoria era de ellos. Dios usó psicología inversa para ayudarlos a entender que solamente confiando en él se logran las cosas. Los ejércitos tratan de intimidar al oponente con un gran número de hombres, con el despliegue del armamento más sofisticado y con la ventaja de la sorpresa. La actuación de Dios fue exactamente la opuesta a esto. Se valió de pocos hombres. Nunca antes se había ganado una guerra con toques de trompeta y lámparas. Y es que no hay batalla que él no pueda ganar.

Tenemos la seguridad de que él está de nuestro lado, que no hay por qué temer. No hay por qué prepararse a hacerle frente al enemigo como él espera, porque de Jehová es la victoria, y él ya ganó la batalla. Confiemos en nuestro Dios y él hará.

Israel Leito