
Por la prueba el Señor examina la fortaleza de sus hijos. ¿Está fuerte el corazón para soportar la prueba? Está la conciencia libre de ofensa? ¿Tolera el Espíritu el testimonio de nuestro espíritu de que somos hijos de Dios?
Esto es lo que averigua el Señor cuando nos prueba. En el horno de la aflicción nos purifica de toda escoria. Nos permite que pasemos pruebas, no para causar dolor innecesario, sino para llevarnos a contemplarle, para fortalecer nuestra paciencia.

El amor de Cristo por sus hijos es tan vigoroso como tierno. Es un amor más fuerte que la muerte, pues él murió por nosotros. Es un amor más verdadero que el de una madre por sus hijos.
El amor de una madre puede cambiar, pero el amor de Cristo es inmutable. “Por lo cual estoy seguro”, dice Pablo, “de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 8:38,39).

¿No ha sido tentado en todo como nosotros? ¿Y no nos ha invitado a llevar cada prueba y perplejidad?
Entonces no nos aflijamos por las cargas del mañana. Valerosamente y alegremente llevemos las cargas de hoy. . . . Nada hiere tanto el alma como los agudos dardos de la incredulidad.
Cuando venga la prueba, como indudablemente vendrá, no os angustiéis o lamentéis. El silencio en el alma hace más clara la voz de Dios. . . . Recordad que debajo de vosotros está los brazos eternos Amen. (Signs of the Times, 5-11-1902).
Maranata
Luis
José de Madariaga.
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