
Las terribles escenas del Calvario estaban en el pasado. Los días descorazonamiento y desilusión habían cedido su lugar a momentos de esperanza y de regocijo. El maestro se encontraba otra vez en medio de sus discípulos. Pero la hora de su partida estaba cercana.
Se estrecharon en torno de él, para beber de su palabras, no queriendo permitir que los dejara solos. Llegó el momento de la despedida. "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. (Luc. 24:49).
"¡Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén!" ¿Por qué no les dijo Jesús que fuera a Nazare, a Belén, a Capernaum y se dedicaran a la tarea de predicar su Evangelio y de llevar el mensaje a "todo el mundo, para testimonio a todas las naciones"? (Mat. 24:14).
En lugar de ello, Jesús instruyo a sus seguidores que fueran a Jerusalén y permanecieran allí hasta que estuvieran cierta experiencia. No debían ir a ningún lugar, ni predicar ningún sermón, ni dar testimonio en su favor hasta que estuvieran preparados: hasta que el Espíritu Santo descendiera sobre ellos.
"Antes que un solo libro del Nuevo Testamento fuese escrito, antes que se hubiese predicado un sermón evangélico después de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles que oraban".
Con estas palabras Jesús desea dejar con sus seguidores una gran verdad que sigue siendo fundamental en 2.014.

Debemos orar, orar, y más oración pidiendo el derramamiento del Espíritu Santo. Debemos humillarnos más y más delante de nuestro Dios, y tener una predisposición para abandonar todo aquello que nos impida recibir el don más preciado. ¡Pentecostés o fracaso!
No hay comentarios:
Publicar un comentario