A esta confesión de fe siguió un milagro. Un ciego había recibido la vista. Labios agradecidos entonaron las palabras: "Creo, Señor".
Pero los enemigos de la fe son muchos; algunos dentro de nosotros, otros de afuera. Internamente, la naturaleza humana está en guerra con la fe viviente. Un hombre comprende esto cuando peca, con frecuencia contra su propio deseo.
Los pecados repetidos desaniman. Debe buscarse la fe de lo alto por medio de la oración incesante, es el poder que Dios nos ha concedido gratis, y por el cual nos une con el cielo. Sólo esto puede vencer la tentación interna que tiene el hombre a pecar.
En un segundo lugar, está la pasión del mal propio del ambiente. Esto también tiende a inhibir la fe. La enseñanza de la evolución, la decadencia moral de nuestra sociedad y de la descorazonadora búsqueda de la ciencia en procurar de más armas letales no estimulan nuestra fe.
El texto relata un caso de fe personal. Los propios dirigentes religiosos del ciego procuraban sacudir su fe. Ellos dijeron de Jesús: "Sabemos que ese hombre es pecador" (Juan 9:24). La controversia rugía en torno del hombre. Tan intenso fue el conflicto, que finalmente fue expulsado de la sinagoga. Sin embargo, su fe se mantuvo inconmovible.

La Biblia y nada más que la Biblia es la que edifica la fe y el alma. En su palabra hay un misterioso elemento que vivifica. La fe viene al que lee sus páginas con oración.
Esto también explica la necesidad de asistir a la iglesia. En la Iglesia se ora y se lee la Palabra de Dios. Así se alimenta la fe.
La fe debe ejercitarse y se robustece en la atmósfera de la obediencia. ¿Qué pensáis de Cristo? ¿Tenéis una fe tal como para confiar vuestra vida?.
Maranata.
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