
¿Le ocurrió a usted alguna vez que cuando hablaba, su interlocutor le dijo que no le creía a usted? Es desconcertante, ¿verdad? Estaba visitando a mi familiares en Glasgow. En la estación de ferrocarril decidí hacerme lustra los zapatos, así que subí a la silla de del zapatero. El limpiabotas, un simpático muchacho escocés me dijo: "Usted es norteamericano, ¿no es cierto?"
-¿Qué te hace pensar que lo soy? -pregunté.- Sus calcetines -contestó -. Sólo los americanos usan esa clase de calcetines. Y su traje no está hecho en Escocia. -¿Que dirías si yo te dijera que yo soy escocés y que nací justamente en esta ciudad?
-No me lo creería-me dijo. Hablando en el cerrado dialecto escocés le pregunté si ahora no podía darse cuenta por mi forma de hablar de que yo era escocés. -No me engaña-dijo-. Usted es tan sólo un buen actor. Nada de lo que decía puedo convencerlo de lo contrario. En el caso de Pedro, su hablar lo delató. Evidentemente mis palabras no me dejaron.
¿Se qué
¿Y nuestro lenguaje de cada día? ¿De qué hablamos nosotros? ¿Y como vivimos? ¿Hablamos el lenguaje del cielo y vivimos la vida del mundo? El contexto de nuestro pasaje dice que vendará el día cuando lo que digamos significara vida o muerte para nosotros. El ser un buen actor no será suficiente.
En esa ocasión será el Espíritu de Dios el que hablará en nosotros
En el Pentecostés Dios tenía un mensaje para los judíos proveniente de muchas naciones. Tenía sus mensajeros. Lamentablemente éstos sólo sabían expresarse en el idioma local de su país, el hebreo. Dios les dio el don de lenguas. Su Espíritu hablará el lenguaje del cielo a través de nosotros cuando guardemos el pacto.
G. L. Barclay
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