domingo, 1 de noviembre de 2026

GUERRA ENTRE LOS ESPÍRITUS.

¡Miserable hombre de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios por Jesucristo nuestro Señor. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; mas con la carne a la ley del pecado. Romanos 7:24-25.

Por naturaleza el hombre se auto engaña, y se convierte en unos de los defectos más desbastadores para la vida humana. 

En muchas ocasiones nos nubla el entendimiento, y no nos damos cuenta de la realidad de lo que somos. Pablo se dio cuenta de este problema y exclamo 

¡Miserable hombre de mi! Oh ¡pobre de mí! Y esta misma expresión la encontramos en Apc. 3:17, en donde se describe la condición de la iglesia de Laodicea. 

Al reconocer nuestra condición hay en nosotros una angustia y se desata un conflicto interior—que a veces se convierte en una lucha desesperada entre el bien y el mal. 

Nuestro clamor ante el trono de la gracia, se vuelve angustiosa y desesperada. ¿Como puede vencer este defecto de carácter que tengo? 

¿Quién me librara? O “¿quien me rescatara?” Pablo se hizo esta pregunta, al igual que nos la hacemos nosotros. 

Hay un sólo camino en la vida del creyente: “Jesucristo Señor nuestro” Nuestra mente es la sede del pecado, es donde mora ella, y es donde actúa los miembros para ocasionar la muerte (ver. 5, 13, 23, 25). 

Nuestra confianza y nuestra fe en Cristo, nos lleva a busca nuestra liberación a través del sacrificio de Cristo. 

Vemos que el pecado entenebrece la mente, y lo vemos en la experiencia de David, el hombre según el corazón de Dios.  

¿No comprendemos como David puedo cometer un pecado tan grande? El vio su verdadero pecado, y la ofensa hecha a Dios. David se volvió a Dios de todo su corazón. 

El verdadero arrepentimiento y abandono de su pecado, Dios le concedió el perdón. El pecado nos ciega y no vemos nuestra propia condición. 

Pero donde abundo el pecado, sobreabundo la gracia de Dios. Obtenemos mediante los méritos de Cristo, una liberación completa. 

La “gracia de Dios” es dada a todo aquel que se ha cerca al trono de la gracia, y nos concede la victoria. 

La sutileza del pecado es grande, pero más grande es la gracia dada por Dios a través de Cristo Jesús. 

MARANATA.

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