domingo, 27 de septiembre de 2026

El pecado Imperdonable.

Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. S. Mateo 12:31.

El texto de esta mañana tiene dos partes: la primera es una promesa maravillosa de Jesús: "Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres". 

La Biblia dice: "El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia" (Proverbios 28:13).

Dentro de tales pautas bíblicas, ¿qué pecados perdona Dios? ¿El adulterio? Sí. ¿El homosexualidad? Sí. ¿El asesinato ? Sí. ¿Las drogas? Sí, todo. 

No hay palabra que abarque más que la palabra todo. Dios dice que no hay nada que él no pueda perdonar. 

No importa cuán bajo hayas caído, no importa cuán lejos hayas ido, todo te será perdonado. 

Menos el pecado contra el Espíritu Santo. ¿Por qué Dios no perdona este pecado? 

¿Será que Dios se cansa de perdonar? ¿Será porque el hombre hizo demasiado mal que Dios dice: "Se acabó la oportunidad para este hombre"?

El pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable no porque Dios no quiera perdonar, sino porque el hombre que lo comete no quiere ser perdonado y Dios no puede perdonar a nadie por la fuerza. 

El ser humano tiene que querer ser perdonado, tiene que caer arrepentido a los pies de la cruz. Entonces, Dios envía inmediatamente a millares de ángeles en su auxilio.

Dios le habla todo el día al ser humano a través de la voz de su conciencia, de la Palabra escrita y de la naturaleza. 

Una conciencia santificada por la presencia de Jesús en la vida es, sin duda, la voz del Espíritu Santo. 

Quien preste oídos a esa voz tiene la garantía de que continuará oyéndola y permanecerá sensible a ella. 

Quien cierre los oídos a la voz de Dios, a pesar de oírla, corre el riesgo de endurecer lentamente el corazón y llegar al punto en el cual no sienta más la voz de Dios. 

No significa que Dios no le hable más, no. El Espíritu de Dios nunca se cansa; siempre continuará hablando, siempre suplicando, siempre esperando. 

El problema no está en Dios, está en nosotros. Somos nosotros quienes corremos el peligro de llegar al punto en el cual no logramos oír más su voz de Dios.

Que esta mañana nuestra oración sea: "Señor, ayúdame a prestar oídos a tu voz. 

Cuando sienta que otras voces me llaman a caminar por caminos peligrosos, dame fuerza y la sensibilidad necesarias para oír tu voz. 

Guía mis pasos en este día. Camina a mi lado; dame tu brazo poderoso para sustentar mis pasos. ¡Amén!"

MARANATA.

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