martes, 24 de marzo de 2026

LA DIGNIDAD PRECEDE A LA HUMILDAD.

Pues si yo, vuestro Señor y Maestro, he lavado vuestros pies, también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Juan 13:14.

El rito del lavamientos de los pies, que Jesús instituyó cuando se celebro la santa cena en el aposento alto de Jerusalén. 

Jesús la instituyo para darnos un lección de humildad, y pedir perdón si ofendimos a alguien. Sabiendo la la conciencia es libre, y que solo Dios, juzgara a la persona si a sido sincera. 

Dentro del pueblo de Dios, se necesita la humildad, no de palabra, sino de hechos. 

Podemos pedir perdón al hermano, y a la semana siguiente discutir en la iglesia por una cosa banal. 

Pregunto: ¿Esta persona a sido aceptada por Dios y perdonada? Creo sinceramente que no, pues su hipocresía a sido grande ante los ojos de Dios. 

Jesús instituyo este rito de humildad para que sus hijos, no se extraviasen por el egoísmo que esta en el corazón. 

A lo largo de mis  años de cristiano, temeroso de mi Dios, e visto de todo, y en cuanto a este rito muchos no cumplía con lo mandado por Cristo. Me pongo yo el primero.

El Salmista siempre le pedía a Dios “un corazón nuevo, y recto dentro de mi” (Sal. 51:10-12). 

Y es eso lo que cada persona que hace este rito debe de pedir a Dios con toda sinceridad. 

Cuando uno va hacer este sagrado rito, debería de hacer un profundo examen ante el altar de Dios. 

Y buscar al hermano ofendido y hacer ambos la santa cena. Pues si no perdonamos a nuestro hermano, ¡como podemos ser perdonados de Dios! 

Cristo nos dio un excelente ejemplo de humildad para cada hijo suyo. No dejaría este gran asunto en manos de hombre. 

Cristo lo consideraba de gran importancia, que él mismo, Aquel que es igual a Dios, lavo los pies de sus discípulos. 

Esta experiencia es verdadera, y ocurrió en el Pacifico. Un hombre vio en su iglesia al hombre que mato a su padre, y en ese día se celebraba la Santa Cena.

 Sentado en el banco, comprendió su odio, un odio envenenado, dijo: “Padre perdónalo” Oro a Dios y le pidió que calmara su corazón y le perdonara. 

En silencio en el banco, vio en su mente a Cristo crucificado. 

Y exclamo, ¡perdóname! Se levanto y invito al hombre que había matado a su padre y hicieron el rito de la Santa cena. Perdón absoluto es lo que pone Dios en el  corazón del hombre.

MARANATA.

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